Creo profundamente en la educación como un acto de amor, presencia y transformación. Me inspira la conexión genuina con los niños y niñas, y encuentro en el aula un espacio sagrado donde el cariño, la confianza y el respeto mutuo hacen florecer los aprendizajes más significativos.
Soy docente porque amo lo que hago. Me apasiona acompañar procesos de descubrimiento, hacer preguntas que abran mundos, compartir conocimientos que despierten la curiosidad y construir relaciones que inviten al otro a ser su mejor versión. Me conmueve ver cómo, desde el afecto y la escucha, los niños y niñas se sienten seguros para explorar, expresar, equivocarse y crecer.
Entiendo la educación como un camino integral, me emociona aprender con cada experiencia que encuentro dentro y fuera del aula; busco que cada encuentro con los niños y niñas sea una experiencia que enriquezca la mente y que fortalezca nuestra capacidad de vivir en armonía con nosotros mismos, con los demás y con la naturaleza.
Disfruto pensar la docencia desde la reflexión constante, el compromiso con la excelencia. Me esfuerzo cada día por ofrecer una educación viva, ética, creativa y transformadora. Creo en la belleza de los pequeños gestos, en la fuerza que tienen las palabras bien dichas y en el poder de educar desde el ejemplo. Y, sobre todo, creo en la posibilidad de dejar el mundo un poco mejor a través de cada vínculo que se teje en el aula.
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